Es como cuando vas por la calle y te tropiezas con un dromedario con cierto grado de autismo que está sufriendo un ataque epiléptico, y claro, ante la situación y el no saber actuar, llamas a un lisensiado en cualquier subnormalada, le das algo de comida y como que se arregla ya guay. La controversia surge en el momento en el que exiges una compensación por tan generoso acto y empiezas a pensar de formas épicas, tipo guerras argonianas o la estepa castellana con sus parajes tan amarillos, marrones y verdes (tal que así). Sin más recuerdas aquella frase de que la felicidad está en las cosas pequeñas y esas movidas. Te percatas de que no hay plan más idóneo que subir, a lomos de tu dromedario, a una cordillera con el primer personaje que te encuentres (que cumpla ciertos requisitos para nada Indispensables, véase la capacidad de coontraer y relajar el labio inferior a una velocidad de match 59). Una vez alcanzada la cima, sudorosos, captais la instantánea. Esa instantánea en la que las palabras sobran casi tanto como los pantalones. Y durante un breve lapso de tiempo deseas alcanzar la completa y perfecta libertad genital, de forma que las zonas más íntiimas de tu cuerpo ondeen cual flan gracias al plácido y "fresquiño" viento que tanto se agradece en medio del verano. No obstante, te das cuenta de que no todo es tan fácil. Piensas en esa sensación cuando te metes en el mar y el agua se acerca a tus partes y de repente viene una ola. Decides continuar en la línea en la que estabas, disfrutando así tanto del dromedario que saca las fotos como de sus continuos ataques epilépticos, así como de los probablemente placenteros movimientos de tu amigo si se aplican en la zona correcta de un cuerpo femenino. La cosa es:
Y si se pinta los labios de color de negro por engañar?
PD: Texto escrito por @davisogc
jueves, 5 de abril de 2018
XLII
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